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Cuatro ojos

No recuerdan el momento exacto en el que comenzaron a acompañarlo.

Les costó adaptarse a su cara y facciones. Sentir su piel aniñada les producía un sentimiento agradable.

No deseaban hacerle sentir torpe. El primer día que fueron juntos a la escuela varios chiquillos le gritaron “cuatro ojos !” “miope !”. Aquello fue un temblor de magnitud siete en la escala de Richter. Temblaron hasta notar cómo el dedo de Moisés paró ese movimiento.

Las primeras semanas de colegio mostraban interés por asignaturas como Historia, Lengua Española y Geografía, pero tras un mes dejaron de prestar atención.

La mayoría del tiempo se sentían protegidas por la cara de Moisés, aunque en contadas ocasiones les inundaba la soledad. Esos momentos iniciales eran terribles. Sentían como las manos del chico las agarraban suavemente y temían perder la sensación de seguridad.

Nacieron mudas y no podían negarse a nada ante su dueño. Las manos de Moisés siempre estaban frías. Tras sentir el tacto del chico esperaban que no se le rompiesen las patillas, pues el salto al vacío de su cara a la mesita de noche les parecía una eternidad.

Los segundos se convertían en horas en dicho salto nocturno.

A veces sufrían tanto vértigo que les espantaba perder un cristal o un tornillo. Permanecer en las mesas las inundaba de una sensación de abandono. Dichos abandonos en ocasiones eran breves y en otras duraban horas. Sus peores pesadillas sucedían de noche. Todo oscuro e inundado de silencio.

El mayor enemigo era el reloj suizo del salón. Cada noche sudaban para que aquel pajarito de los Alpes no le picotease sus lentes. También les molestaba los ronquidos de Moisés. No necesitaba dormir pero sí que anhelaba el silencio inexistente en la actividad frenética diaria. Otro momento de pánico se producía en la ducha. Notaba el chorro de agua gélido como si las tocasen enfermizamente. Tras el agua aparecía el frotar encarnecido de las manos de Moisés. Estos movimientos parecían una venganza por haberse apropiado de motas de polvo, restos de saliva y pequeños trozos de comida. Afortunadamente las duchas duraban escasamente diez o quince segundos.

Un día soleado veían como se le aproximaba una columna de cemento armado.

Al ver aquello el pájaro suizo les parecía un chiste. La columna estaba distante pero era imponente. Tenía un ligero color azulado gastado por los continuos embistes de los chavales durante el recreo. Junto a la terrible visión de la columna sentía saltos y temían acabar hecha añicos. Afortunadamente de la caída la salvaban los dedos de Moisés. Vio a un niño muy corpulento, de unos 60 Kg. aproximadamente, moreno, sin gafas, con dentadura prominente y unos pantalones azules fijados por un grueso cinturón marrón. Sus gritos y la potencia de voz le hacían presagiar lo peor. En uno de los embistes la columna se acercó peligrosamente hasta que se fusionó con ella en un abrazo no deseado. Notó como perdían una lente y posteriormente la patilla izquierda se partió en cuatro trozos. Lo último que recuerdan es verse en un vertedero de metal reciclado con el temor de la re-encarnación en una banal lata de refrescos de una multinacional americana.

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